sábado, 1 de agosto de 2015

La Capacidad Una Caracteristicas De Los Hijos Del Reino


Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.  (Filipenses 4:13)

Porque al hombre que le agrada,  Dios le da sabiduría,  ciencia y gozo;  mas al pecador da el trabajo de recoger y amontonar,  para darlo al que agrada a Dios.  También esto es vanidad y aflicción de espíritu. (Eclesiastés  2:26)

Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría,  pídala a Dios,  el cual da a todos abundantemente y sin reproche,  y le será dada. (Santiago 1:5)

Seis Cosas de Los que Han Mostrado Capacidad

1. Rompe Sus Límites

2. Se Mantienen  mejorando

3. Buscan siempre la excelencia para glorificar a Dios.

4. Inspira a otros

5. Aceptan sus errores y disciplina como una manera de desarrollarse y acumular experiencias para salvar, ayudar y enseñar a otros.

6. Saben que Dios les ha dado la capacidad de rendir más y hacer más pues su capacidad no depende de ellos depende de Dios.

viernes, 31 de julio de 2015

La Amargura

        La amargura es el pecado más fácil de justificar y el más difícil de diagnosticar porque es razonable disculparlo ante los hombres y ante el mismo Dios. A la vez, es uno de los pecados más comunes, peligrosos y perjudiciales
 
 
En el griego del Nuevo Testamento, “amargura” proviene de una palabra que significa punzar. Su raíz hebrea agrega la idea de algo pesado. Finalmente, el uso en el griego clásico revela el concepto de algo fuerte. La amargura, entonces, es algo fuerte y pesado que punza hasta lo más profundo del corazón.

La amargura no tiene lugar automáticamente cuando alguien me ofende, sino que es una reacción no bíblica (es decir pecaminosa) a la ofensa o a una situación difícil y por lo general injusta. No importa si la ofensa fue intencional o no. Si el ofendido no arregla la situación con Dios, la amargura le inducirá a imaginar más ofensas de la misma persona. La amargura es una manera de responder que a la larga puede convertirse en norma de vida. Sus compañeros son la autocompasión, los sentimientos heridos, el enojo, el resentimiento, el rencor, la venganza, la envidia, la calumnia, los chismes, la paranoia, las maquinaciones vanas y el cinismo.

La amargura es resultado de sentimientos muy profundos, quizá los más profundos de la vida. La razón por la que es tan difícil de desarraigar es triple: En primer lugar, el ofendido considera que la ofensa es culpa de otra persona (y muchas veces es cierto) y razona: “El/ella debe venir a pedirme disculpas y arrepentirse ante Dios. Yo soy la víctima".

El cristiano se siente culpable cuando comete un pecado. Sin embargo, no nos sentimos culpables de pecado por habernos amargado cuando alguien peca contra nosotros, pues la percepción de ser víctima eclipsa cualquier sentimiento de culpa. Por lo tanto este pecado de amargura es muy fácil justificar.

En segundo lugar, casi nadie nos ayuda a quitar la amargura de nuestra vida. Por lo contrario, los amigos más íntimos afirman: “Tú tienes derecho… mira lo que te ha hecho", lo cual nos convence aun más de que estamos actuando correctamente.

Finalmente, si alguien cobra suficiente valor como para decirnos: “Amigo, estás amargado; eso es pecado contra Dios y debes arrepentirte", da la impresión de que al consejero le falta compasión (recuerde, que el ofendido piensa que es víctima). Me pasó recientemente en un diálogo con una mujer que nunca se ha podido recuperar de un gran mal cometido por su padre. Ella lleva más de 30 años cultivando una amargura que hoy ha florecido en todo un huerto. Cuando compasivamente (Gálatas 6:1) le mencioné que era hora de perdonar y olvidar lo que queda atrás (Filipenses 3:13), me acusó de no tener compasión. Peor todavía, más tarde descubrí que se quejó a otras personas, diciendo que como consejero carecía de “simpatía” y compasión.
 
La palabra “recuperar” no es la más adecuada porque da la impresión de que con el tiempo la amargura se soluciona por sí sola. Dejar pasar el tiempo jamás puede solucionar el problema del pecado. Sólo la sangre de Cristo limpia de pecado (1ª Juan 1:7).
 
Mirón, Jaime: La Amargura, El Pecado Más Contagioso. Miami, Florida, EE. UU. de A. : Editorial Unilit, 1994, S. 6

jueves, 30 de julio de 2015

Sembrar Con Lágrimas

Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla, pero al volver vendrá con regocijo trayendo sus gavillas. Salmo 126:5–6

El conocido autor A. W. Tozer observa, en uno de sus libros: «La Biblia fue escrita con lágrimas y es al que derrama lágrimas que revelará sus mejores tesoros». De esta manera, Tozer identificaba un importante principio acerca del mundo de las cosas espirituales, y es que las lágrimas siempre han sido parte de la experiencia de aquellos que han conocido las más profundas intimidades de Dios. Probablemente la mayoría de nosotros no entendemos muy bien porqué esto es así y, quizás, ni siquiera haga falta entenderlo. Nos basta con aceptar que este es un componente ineludible de la vida espiritual.
Si recorremos las páginas de la Palabra, rápidamente veremos que un sin fin de héroes de la fe eran también personas acostumbradas al quebranto. Job lloró amargamente delante de Jehová por la angustia de su aflicción (Job 16:20). José no pudo contener las lágrimas cuando volvió a encontrarse con sus hermanos (Génesis 43:30). Ana, la madre de Samuel, lloraba desconsolada por su esterilidad (1 Samuel 1:7). Cuando David se encontró con la ciudad destrozada por los amalecitas, lloró hasta que no le quedaron fuerzas (1 Salmos 30.4). En los salmos el mismo David confiesa que las lágrimas frecuentemente fueron su pan de día y de noche (Salmos 42:3). Elías huyó al desierto, tan angustiado que deseó la muerte (2 Reyes 17) El rey Ezequías lloró con gran angustia cuando le anunciaron su muerte, y fue oído por sus lágrimas (Isaías 38:5) A Jeremías frecuentemente se lo ha identificado como el profeta de las lágrimas (Jeremías 13:17). Jesús lloró en varias ocasiones. La Palabra testifica que también fue oído por sus lágrimas (Hebreos 5:7). Pablo sirvió al Señor con humildad y con muchas lágrimas y pruebas (Hechos 20:19).
Sin entender bien el proceso, sabemos que ocurre algo en nuestro corazón cuando lloramos. Con el llanto existe la posibilidad de que se ablande, y debemos reconocer que el obstáculo a una vida de mayor comunión con Dios es la dureza de nuestros corazones. Con la suma de frustraciones y fracasos finalmente claudican nuestros esfuerzos por encaminar nuestra vida, y admitimos delante de Dios nuestra condición frágil e inestable. Es el comienzo de algo nuevo. Seguramente por esto Jesús podía proclamar: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (Mateo 5:4).
Las lágrimas, sin embargo, no siempre son producto de la frustración. También pueden indicar un corazón trabajado por Dios, sensible a las cosas del Espíritu. Esta clase de persona es la que se quiebra por las mismas cosas que quebrantan el corazón de Dios. Observe las lágrimas de Cristo por Jerusalén (Lucas 19:41), o las de Juan en Apocalipsis (5:4). Ellos percibían una realidad espiritual de tal magnitud que los llevó a llorar delante de Dios.
Sea cual sea la razón de las lágrimas, para aquellos que andan en el Señor, son la puerta hacia cosas más profundas y espirituales.
«Mantener la mano en el arado, mientras nos secamos las lágrimas, este es nuestro llamado». Watchman Nee.
 

miércoles, 29 de julio de 2015

Puedes Amar Así?


Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. (Lucas 7:40–47)

Simón invita a Jesús a su casa pero lo trata como a un pariente que molesta. No tiene gestos amables hacia él. No lo recibe con un beso. No le lava los pies. No hay aceite para ungirle la cabeza.

O, traduciéndolo a nuestra época, nadie le abrió la puerta, le colgó el abrigo, ni le estrechó la mano. Hasta Drácula hubiera tenido mejores modales.

Simón no hace nada para que Jesús se sienta bienvenido. En cambio, la mujer hizo todo lo que no hizo Simón. No sabemos su nombre. Sólo su reputación: una pecadora. Lo más probable es que fuera una prostituta. No la habían invitado a la fiesta. Tiene mala fama en la comunidad. (Imagínate que una prostituta con un traje corto y ajustado se presenta en la fiesta de Navidad del pastor. La gente se vuelve a mirarla. Algunos se sonrojan. ¡Vaya sorpresita!)

Pero el «qué dirán» no la hizo desistir de ir a la fiesta. No vino por la gente. Es por Él. Cada uno de los movimientos de la mujer es medido y significativo. Todos sus gestos son extravagantes. Apoya las mejillas en los pies de Jesús, todavía polvorientos del camino. Ella no tiene agua, pero sí lágrimas. No tiene toalla, pero tiene su cabello. Usa ambas cosas para lavarle los pies a Cristo. Abre un frasco de perfume, quizás su única posesión valiosa, y lo derrama sobre la piel de Jesús. El aroma es tan ineludible como la ironía.

Quizás pensaríamos que Simón sería el que mostraría tal amor. ¿Acaso no es él reverendo de la iglesia, el estudioso de las Escrituras? Pero Simón es seco y distante. Pensaríamos que la mujer trataría de evitar a Jesús. ¿Acaso no es la mujer de la noche, la mujerzuela del pueblo? Pero no puede resistirse a Él. El «amor» de Simón es medido y tacaño. En cambio, el amor de ella es extravagante y arriesgado.

¿Cómo se puede explicar la diferencia entre los dos? ¿Práctica? Educación? ¿Dinero? No, pues Simón la aventaja en las tres.

Pero hay un área en la que la mujer le hace «comerse el polvo». ¿Cuál crees que es? ¿Qué ha descubierto ella y que Simón ignora? ¿Qué tesoro ella aprecia y que Simón pasa por alto? Sencillo: el amor de Dios. No sabemos cuándo lo recibió. No se nos dice cuándo oyó hablar de él. ¿Será que por casualidad oyó a Jesús cuando dijo: «Vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6.36 )? ¿Andaría por ahí cerca cuando Jesús se compadeció de la viuda de Naín? ¿Le habrá contado alguien que Jesús tocaba a los leprosos y convertía en discípulos a cobradores de impuestos? Lo ignoramos. Pero hay una cosa que sí sabemos: llegó sedienta. Sedienta por su culpabilidad. Sedienta por su arrepentimiento. Sedienta por incontables noches haciendo el amor sin encontrarlo. Vino con sed.

Y cuando Jesús le pasa la copa de la gracia, se la bebe. No le da una probadita o un sorbo. No moja un dedo y se lo chupa ni bebe la copa a sorbitos. Se acerca el líquido a los labios. Bebe y traga como el peregrino sediento que es. Bebe hasta que la misericordia le baja por la garganta. Y el cuello. Y el pecho. Bebe hasta que se le humedece cada pulgada del alma. Hasta que se le suaviza. Viene sedienta. Y bebe. Bebe hasta terminar la copa.

Simón, en cambio, ni siquiera sabe que tiene sed. La gente como Simón no necesita la gracia; sino que la analiza. No necesita misericordia; la debate y la prorratea. No es que Simón no pudiera recibir perdón; sencillamente nunca lo pidió.

Así que, mientras ella bebe de la copa, él se infla. Mientras ella tiene un montón de amor que dar, él no puede ofrecer ninguno. ¿Por qué? El principio 7:47. Lee otra vez el versículo 47 del capítulo 7 de Lucas: «mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama». Igual que el enorme avión, el principio 7:47 tiene alas muy amplias. Igual que el avión, esta verdad te puede elevar a otro nivel. Léalo una vez más: «mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama». En otras palabras, no podemos dar lo que no hemos recibido. Si nunca hemos recibido amor, ¿cómo podemos amar a otros?

¡Pero vaya que lo intentamos! Cómo si pudiéramos evocar el amor por la fuerza de la voluntad. Cómo si dentro de nosotros hubiera una destilería de afecto que sólo necesitara un trozo de madera o un fuego más caliente. ¿Cuál suele ser nuestra estrategia para tratar con las relaciones problemáticas? Volver a tratar con más fuerza.

«¿Mi cónyuge necesita que lo perdone? No sé cómo, pero voy a hacerlo».

«No importa lo mucho que me cueste, voy a ser amable con ese vagabundo».

«¿Se supone que tengo que amar a mi vecino? Muy bien. ¡Lo voy a hacer!»

Así que lo intentamos. Dientes apretados. Mandíbula firme. ¡Vamos a amar aunque nos cueste la vida! Y puede que eso sea justo lo que sucede.

¿Será que nos estamos saltando un paso?
 
¿Será que el primer paso en el amor no es hacia la gente, sino hacia Él?
 
¿Será que el secreto de amor es recibir?
 
Das amor si lo recibes primero. «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19).

¿Deseas amar más? Comienza por aceptar tu lugar como un hijo amado. «Por tanto, imiten a Dios, como hijos muy amados, y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó» (Efesios 5:1–2 nvi).

¿Quieres aprender a perdonar? Entonces piensa en todas las veces que has recibido perdón. «Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Efesios 4:32 niv).

¿Te resulta difícil poner a otros primero? Piensa en la forma en que Cristo te puso a ti primero: «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse» (Filipenses 2:6).

¿Necesitas más paciencia? Bebe de la paciencia de Dios (2 Pedro 3:9). ¿Te esquiva la generosidad? Entonces considera lo generoso que ha sido Dios contigo (Romanos 5:8). ¿Te cuesta trabajo relacionarte con parientes malagradecidos o con vecinos refunfuñones? Dios se relaciona con nosotros aún cuando actuamos de la misma manera. «Por que él es bondadoso con los ingratos y malvados» (Lucas 6:35 nvi).

¿Podemos amar así?

No sin la ayuda de Dios.

Lucado, Max: Un Amor Que Puedes Compartir. Nashville : Caribe-Betania Editores, 2002, S. 4

lunes, 27 de julio de 2015

Canta y Conviertete En Un Sabio

       Los cantos hacen mucho en la vida. Celebran acontecimientos felices, como cumpleaños y bodas. Inspiran a los atletas, a los soldados y a la gente común. Resumen el carácter y las aspiraciones de los pueblos. Relatan historias que mantienen vivos a los héroes y a los villanos. Ayudan a la gente a lamentarse, a danzar. Nos ayudan a adorar.

Los cantos apelan a nuestras emociones más que a nuestros pensamientos. Tal vez es por eso que tantas canciones alaban el romance.
 
La música juvenil está obsesionada con la búsqueda y la pérdida del amor así como con la manera de mantenerlo. Baladas que resuenan con el amor perdido. «Viejas pero buenas» canciones que hacen recordar, a la gente de edad madura, las maravillas del amor juvenil. Cantos que brotan del corazón tanto como lo afectan.

Esto no quiere decir que sean necesariamente irracionales. Hay muchos cantos que cantan de la vida en una manera que abre los ojos del corazón y de la mente, y desafían al cantante.

Tales cantos contienen sabiduría popular. Muestran la vida en frases e historias emocionalmente poderosas. Los israelitas del Antiguo Testamento entonaban cantos de sabiduría también, pero inspirados por Dios mismo, cantos de sabiduría divinaEstos traen una sapiencia espiritual que conduce a Dios. Fue David quien observó: «Dice el necio en su corazón: No hay Dios» (Sal 14.1). Los salmos de sabiduría exclaman abiertamente: «No hay vida ni manera de vivir efectivamente sin Dios».
 
 
 
 

 

miércoles, 22 de julio de 2015

No Dejes Que Te Pisoteen


Porque el Señor disciplina al que ama y castiga a todo el que recibe como hijo.
Hebreos 12:6

a sabes de qué se trata el amor agape. Es un amor–regalo. Es el amor que Dios tiene por nosotros y que quiere que sintamos por otras personas. Es sacrificado, quizá tengamos que renunciar a algo. Pero no esperamos nada en retribución de aquellos a quienes amamos.
 
         El amor agape no nos convierte en alguien de quien los demás puedan abusar. Fíjate en estas características tremendas del amor agape.
 
El amor incluye disciplina. Considera a Dios. Es un Padre amante, pero su amor no significa que va a crear chicos malcriados. “Disciplina al que ama y castiga a todo el que recibe como hijo” (Hebreos 12:6). El amor  ayuda a desarrollarse sanamente.
 
El amor puede ser exigente. Jesús —el amor de Dios en forma humana— descargó su ira sobre sus opositores (ver Marcos 3:5). Con sus palabras, atacó a los hipócritas que dicen una cosa y hacen otra (ver Mateo 23). Corrió del templo a los mercaderes codiciosos (ver Juan 2). El amor puede significar llamar la atención al mal, o alejarse de una amistad cuando tu amigo sigue perjudicándote.
 
El amor puede fracasar. Quizá recuerdes haber escuchado  la frase que se encuentra en 1 Corintios 13:8: “El amor nunca deja de ser”. Pero la manera correcta de traducir esto es: “El amor durará para siempre”. La triste realidad es ésta: Aunque el amor de Dios es perfecto, los humanos no demuestran perfectamente ese amor.
 
Dios quiere que demostremos su amor, su cuidado y lo mejor que tiene reservado para los demás. Pero hacer lo que es lo mejor para los demás no significa que dejemos que se aprovechen de nosotros. Lo más cariñoso que podemos hacer es ser un ejemplo más apropiado y, de ser necesario, señalarles mejores actitudes y acciones. Eso es verdadero amor.
 
¿Pensaste alguna vez que amor agape significaba que tenías que dejar que los demás te pisoteen?

Señor, ayúdanos a amar sabiamente. Muéstranos cómo es el amor agape auténtico.

 
 
 

domingo, 19 de julio de 2015

Cómo Perdonar A Quienes No Lo Merecen

Efesios 4.30-32

30 Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.
31 Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.
32 Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

Si digo a personas que han sido maltratadas que la sanidad completa requiere perdonar al agresor, muchas no estarán de acuerdo, y dirán: “Es que usted no sabe todo el dolor que he sufrido”. Tienen razón. Pero un espíritu rencoroso, al igual que el cáncer, penetra cada parte de nuestra vida. El resentimiento es un síntoma que no puede ser ignorado. Destruye relaciones y lleva a tomar malas decisiones.

Dejar de perdonar puede hacernos sentir que estamos castigando al agresor. Pero las personas no pueden vengarse de otras sin destruirse a sí mismas. Por eso, el Señor nos llama a seguir su ejemplo de ser misericordiosos con todos (Ef 4.32). Puesto que Dios nos ha perdonado, no debemos negar el perdón a los demás. Cuando alguien nos hiere, podemos sentir que esa persona no merece el perdón, pero nosotros tampoco somos merecedores del sacrificio de Jesucristo en la cruz.

La crucifixión era lenta y angustiosa, pero el peor tormento que sufrió el Señor Jesús fue recibir el pecado del mundo sobre sí y ser abandonado por el Padre (Mt 27.46). Aun así, mientras sus vestiduras eran rifadas, Jesús dio el mejor ejemplo de perdón al decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23.34). Es posible que yo no conozca el dolor que usted siente, pero le aseguro que Jesús sí lo conoce. Por su benignidad y amor infinitos, Él le ayudará a vencer el dolor, la ira y el resentimiento.

El perdón es una decisión —un acto de servicio al Señor  y un paso necesario para nuestra sanidad. No importa lo terrible que hayan sido las acciones cometidas contra nosotros, Dios exige que mostremos misericordia para nuestro bien y para su gloria.